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EL TERROR ROJO

 

 

INVESTIGACIONES | Alerta Internacional

 

Deportaciones: el crimen desconocido

(Parte I: La era estalinista)
Por Cynthia Caden
Última modificación: 03 de diciembre de 2009 | Descargar completo en formato PDF

 

Tabla de contenidos
1. Definiciones
2. El verdadero rostro de las deportaciones
3. Las víctimas
4. Cronologiáde deportaciones
5. Los alemanes, un capítulo aparte
6. Conclusión

7. Bibliografía relacionada

 
  1  2  3  4  5  6  7 


El verdadero rostro de las deportaciones

 

Muchos han escuchado hablar siquiera alguna vez de lo que signific� para los jud�os la violencia de la deportación perpetrada por los nazis, a través de relatos, películas y denuncias. Pocos, sin embargo, conocen su multitudinario y cruel paralelo en mano de los comunistas.  

 

Un buen relato de lo que se trataban estas deportaciones lo ofrece el libro �Exiliado a Siberia�[1], donde se relatan los sucesos biográficos de la experiencia de un ni�o polaco, Henryk (Hank) Birecki, a quien el autor conoció personalmente 25 años antes de poder escribir sobre lo ocurrido[2]. En el capítulo seleccionado podemos apreciar las características de la preparación e implementación del traslado del pueblo polaco y el caso específico de una familia.

 

Esto mismo, con muy ligeras variaciones locales, se sufrió en todas las naciones de la �rbita soviética en los veinte años de mayor virulencia a los que nos dedicamos en el presente trabajo.

 

Aquí reproducimos un capítulo, al que hemos agregado explicaciones suplementarias de otros países que demuestran haber sufrido exactamente lo mismo y aclaraciones del funcionamiento de la metodología implementada:

 

"Tienen media hora..."

 

�Tras unos pocos meses los soviéticos comenzaron una deportación sistemática de los locales, predominantemente polacos, gente que eran familiares de los considerados "elementos antisoviéticos". Llamados spetspieresedlentsy, "colonos especialmente transferidos", que eran deportados en virtud de una decisión administrativa secreta.

 

Jan T. Gross en su libro sobre la conquista soviética de esas tierras polacas del este escribió que a diferencia de los prisioneros sentenciados por una corte, estas familias no comparecieron ante ningún tribunal de sentencia ni fueron informadas por ningún procedimiento administrativo en su contra. En su lugar, fueron sometidas a un procedimiento secreto y no se les dieron razones por su deportación ni se les puso ante una corte. Estos spetspieresedlentsy no "necesitaban trabajo correccional". Su selección puede resumirse en una sola frase: "Quéien no está con nosotros, está contra nosotros".

 

Las deportaciones procedieron bajo directrices y protocolos bien probados, previamente preparados. Su organizador jefe y administrador era el General Ivan Serov, un Vice-Ministro de Seguridad Pública. Tras la retirada alemana de la Unión Soviética en 1943, el General Serov supervisó las deportaciones de kazajos, uzbekos y chechenos sospechosos de haber colaborado con las tropas alemanas. Fue condecorado, llegariáa ser cabeza de la KGB, sobrevivi� al régimen de Stalin y murió pac�ficamente en su dacha[3]. Dos de sus subordinados inmediatos fueron ejecutados, sin embargo, después de la era de Stalin.

 

Las deportaciones llegaron en olas e incluyeron familias enteras. La primera ola, el 10 de febrero de 1940, tomó a las familias de líderes políticos, policías y guardias fronterizos. En abril de 1940, el antiguo personal del ejército y trabajadores de gobierno fueron los siguientes. En junio del mismo año, trabajadores de cuello blanco, gente que disgustaba a los soviéticos, y aquellos que habían huido de Polonia occidental[4] y que no eran nativos del territorio ocupado por los soviéticos, fueron deportados. Unos pocos empresarios jud�os y sus familias recibieron un indulto, pero sólo duraría hasta inicios de 1941.

 

El propósito y procedimientos de las deportaciones eran siempre los mismos. Anita Paschwa-Kozicka, una hu�rfana polaca que fue deportada de niña, llegó a Estados Unidos vía Colonia Santa Rosa en M�xico, visitú Tbilisi en la Unión Soviética en 1989. Escribi� en su libro "Mi lucha por la libertad": "He encontrado a muchos polacos viviendo allá. Aquellos eran la gente que vino de Siberia [en el tiempo de la amnistía], pero quedaron atascados en Rusia cuando Stalin cerr� las fronteras a los refugiados polacos después de que hab�amos sido enviados a Irán".

 

Sin excepción la ronda llegaba temprano en la mañana con ese ominoso golpe en la puerta y la orden "Otkroite!" ("�Abran!"). En frente de la puerta habiá soldados del Ejército Rojo y un oficial civil con una lista preparada por colaboradores locales[5]. "�Tienen media hora para reunir sus cosas!", ordenaba el oficial. Para la mayoría era una despedida de su hogar para siempre.

 

Luego venóa un carro, un trineo, o un camión, y un transporte rápido hasta la estación de trenes más cercana[6]. Los deportados eran subidos a vagones de ganado[7] con pequeñas ventanas altas con barrotes, y las puertas eran cerradas desde afuera. Con suerte la instalación sanitaria era un cubo, pero usualmente sólo habiáun agujero en el suelo. Algunos eran suficientemente afortunados para tener literas de madera en sus vagones. La mayoría de las veces, sin embargo, tenían que dormir entre sus paquetes en el suelo sucio. Algunos eran incluso más afortunados; sus vagones tenían una pequeiá estufa para la cual recibían ocasionalmente una miseria de carbón. Pero la mayoría sólo podía agruparse y tratar de compartir su calor corporal con el de sus compañeros prisioneros. Encerrados adentro, cincuenta a ochenta personas en cada vag�n, esperaban a veces por días hasta que el tren estaba totalmente ensamblado. Viajaban por semanas a un destino desconocido sin alivio del hacinamiento, sin posibilidad de lavarse o estirar sus piernas. Su nutrición diaria era un trozo de pan y un taz�n de sopa aguada de repollo[8].

 

Basíndose en los archivos de General Sikorski se ha descrito a los trenes y el proceso de entrenamiento en "El lado oscuro de la luna" de la siguiente forma:

 

"Los trenes eran muy largos, y parecían también extraordinariamente altos. Lo Último era porque estaban sobre plataformas, y todo el tren era visto desde el nivel del suelo. Más tarde, algunos trenes polacos también fueron empleados, pero los primeros eran todos túpicamente trenes rusos tra�dos para este propósito; de color verde oscuro con puertas que se unóan en la mitad de vagones como cajas, como lo hacen en los vagones del metro. En cada uno de esos vagones, muy altos, justo debajo del techo habiádos diminutos rectúngulos rallados, las Únicas ventanas y los Únicos espacios por los que podía entrar aire o luz una vez que las puertas eran cerradas. La gran longitud de los trenes en espera y en parte fuera de la vista, era en s� mismo terror�fico para la imaginación. Aquellos que serían deportados eran tra�dos a las estaciones fuertemente vigiladas. La mayor parte subi� a carros blindados, pero también, cuando estos se agotaron, subieron a trineos y carros pequeños de campo con forma de carretas, normalmente utilizados para el acarreo de esti�rcol.

 

Los techos de los vagones tenían nieve fresca apilada pero el suelo estaba pisoteado y sucio. Los trenes, tras haber subido, con frecuencia se quedaban allá por días antes de partir, y las vías en que se encontraban quedaban llenas de excremento y amarillas y pantanosas de la orina que corriáfuera de los pisos. Contra un fondo blanco, las siluetas de los soldados NKVD eran estrafalarias... Cada soldado llevaba una bayoneta fija a la punta de su rifle. Inmensas multitudes de gente se balanceaban hacia adelante y hacia atrás... Las familias eran rotas todo el tiempo, maridos y esposas separados, niños empujados a una parte del tren mientras sus padres eran empujados a otra"[9].

 

Uno cada diez moría en el camino, primero los ancianos y luego los enfermos, después los bebés lactantes. Los muertos eran arrojados fuera de los vagones cuando el tren se detenóa; si el clima lo permitía a veces eran enterrados apresuradamente en la tierra. Sus familias nunca tenían la posibilidad de enterrar a sus seres queridos.

 

Las memorias de sobrevivientes y miles de informes en archivos alrededor del mundo han testificado esta destrucción sistemática y planificada de la población polaca. Los líderes políticos y militares, otros representantes del estado polaco, maestros y muchos miembros del clero fueron inmediatamente arrestados cuando llegaron los soviéticos. Los oficiales políticos que acompañíaban al Ejército Rojo llevaron con ellos listas de nombres que habían preparado por adelantado.

 

Aquellos arrestados eran tratados y condenados al vasto Archipiélago Gulag, a menos que fuesen ejecutados por decreto, simplemente disparados en sus celdas, o muriesen en marchas de la muerte delante de las tropas alemanas que avanzaban en 1941. Otras víctimas fueron disparadas en la nuca, como los oficiales polacos de Katyn.

 

La masa de soldados polacos tomados como prisioneros de guerra, como las familias deportadas, eran sometidos a una hambruna planificada. Mientras estaba aún en casa, Hank vio a los soldados polacos demacrados construyendo caminos. él y su madre trataron de ayudarlos cuanto pudieron. Hank, su familia, y miles de otros pronto experimentarían también el hambre. El insuficiente suministro de comida para los deportados durante su transporte no puede explicarse por pobre organización. Sus raciones habían sido fijadas bastante por adelantado como todo lo demás: el equipamiento, los trenes y el personal requerido. En su destino los refugios p�simos y la falta de provisiones adecuadas dieron la bienvenida a los deportados.

 

Jan T. Gross observ� que "la sustancia de su experiencia era la lucha por la supervivencia. Morir de frío, excesivo calor, hambre, sed, infestaciones, aire viciado, suciedad o diarrea toma tiempo y hace sucumbir a la gente por etapas, mientras luchan. Algunos sufren más, otros menos, dependiendo del clima, y de lo que el grupo que los atrap� les permitió traer de su hogar. Por Último, a la muerte para algunos se sumaba el tormento de muchos y la mera incomodidad de unos pocos felices. Los deportados eran torturados en serio; eran verdaderamente destrozados".

 

Era temprano en la mañana del 10 de febrero de 1940, y todavía estaba oscuro afuera. La madre de Hank respondió a los golpes en la puerta. Dos soldados rusos con bayonetas fijas y un hombre con aspecto de funcionario vestido de civil estaban en la puerta. Se abrieron camino junto a ella y ordenaron: "�Entren en la cocina!". El oficial tenóa una lista compilada por simpatizantes soviéticos locales. Ley� sus nombres: el de la madre de Hank, el de Hank y el de su hermana.

 

"Re�nan lo que puedan cargar. Están listos en media hora", ordenó.

 

"Usted no está en la lista. Se puede quedar", dijo a la abuela de Hank.

 

"Ir� con ellos", respondió ella.

 

La abuela de Hank no estaba sorprendida. Desde esa mañana cuando, de pie en su cocina, el oficial ruso habiádicho a la madre de Hank "mejor al�jese", su abuela sabiá qué esperar. Como mujer joven durante el reino del Último zar, habiáescuchado sobre transportes y exilio, sobre el golpe en la puerta bajo el amparo de la oscuridad y los largos viajes a algún lugar en Siberia. Ocasionalmente alguien regresaba después de años de exilio. Ella creóa firmemente en que Dios la protegeráa. Gracias a su sentido práctico y su habilidad para concentrarse en la tarea a mano siempre supo qué hacer en un tiempo de crisis. Casi instintivamente supo cómo actuar, no agresivamente, no como una luchadora, sino con un ingenio que la volvía consciente de las necesidades y oportunidades ofrecidas por una ocasión dada y aplicada a las demandas de la situación. En otras palabras, ella se hizo cargo.

 

Se dijo a los niños que se vistieran rápido y tan abrigadamente como fuese posible. Le dijo a la madre de Hank qué empacar: ropas, ropa de cama y toda la comida que pudieran cargar. La madre de Hank siguió sus instrucciones mecúnicamente. Ella extendió una s�bana en la que echaban todo. Dej� las almohadas atrás: ropa y utensilios de cocina eran más importantes.

 

Su abuela tomó el molino de café. Aunque no esperaba que hubiese ningún café para moler, sabiáque le encontrariáun uso. Envolvieron el pan que tenían recién horneado para la siguiente semana; ya no tenían carne, y las patatas o productos enlatados eran demasiado pesados para cargarlos. No habiálugar ni tiempo para lo no esencial, pero tomaron consigo unas pocas fotografías. Hank trajo su libro favorito sobre la naturaleza y su reloj de pulsera. �Su libreta de ahorros? No, no habiá necesidad de ella, aunque todavía tenóa 38 zloty en su cuenta. Su hermana se sentú en una silla en la cocina llorando silenciosamente. Todo esto ocurriábajo los ojos de los soldados rusos. Estaban de pie y observaban; ninguno de los soldados ofreci� ayuda, pero de vez en cuando uno decía: "Lleven lo que necesiten, pero lleven sólo lo que puedan cargar".

 

Hank salió furtivamente. Los guardias no le prestaron ninguna atención. Quéeriádecir adiás a una niña de al lado, una compañera del colegio. Era una de siete niños en la familia, tenóa la espalda muy deformada y Hank siempre la ayudaba con particular afecto. Como habiáhecho muchas veces antes, se arrastr� a través de un agujero en la valla y pasó unos pocos arbustos para llegar a su casa. Pero la casa estaba oscura y nadie respondió a su llamado. "Podriáhuir y esconderme como pap�", pens� Hank, pero sinti� que no podía dejar a su madre o hermana. Y entonces regresó a casa.

 

Media hora es un corto tiempo en el cual reunir lo necesario y despedirse del hogar. Pronto ruedas crujientes y el ruido de cascos se aproximaron a su casa, luego se detuvieron repentinamente. Un caballo resopl�. Los soldados les dijeron que tomaran sus cosas y dejaran la casa. Afuera oyeron sollozos y lamentos tenues. Un ni�o pequeño estaba llorando. En frente de la casa se encontraba un carro tirado por caballos, requisado de un granjero cercano. Dos familias ya estaban sobre �l. Los soldados ayudaron a Hank y su familia a subirse al carro y arrojaron sus paquetes después de ellos.

 

Cuando el carro comenzó a andar Hank miró atrás hacia su casa. Quéiz�s algún día podráa regresar. Esper� que los vecinos orde�aran a la vaca.

 

El viaje a la estación de trenes fue corto. Su carro rod� por una rampa, se sacudi� y golpeó a través de las vías y se detuvo en el lado más apartado. Un largo tren de vagones de carga estaba custodiado por soldados armados. Hicieron que Hank y su familia subieran en uno de los vagones con sus paquetes de ropas y ropa de cama. Bastante gente habiá llegado antes que ellos. La mayoría se sentaba silenciosamente sobre sus pertenencias, algunos miraban al suelo, otros sollozaban. Algunos pocos lloraban y continuaron por un tiempo, pero pronto se quedaron silenciosos también.

 

Hank y su familia pusieron sus cosas en una esquina vaciáy se sentaron encima. Su hermana enterr� su rostro entre los pliegues de la chaqueta de su madre. Nadie habló. Aquellos que llegaron después tenían que arreglarse con un espacio abierto en el centro. Eventualmente 78 de ellos se hacinaron juntos en el vag�n de carga sin espacio sobrante. Excepto dos ancianos de Busk, todos eran mujeres y niños. Uno de los hombres era un maquinista, el otro, un fabricante de herramientas. No habiáliteras ni paja. Alguien sac� un hacha y comenzó a abrir un agujero en el suelo. Necesitaban un retrete. Al comienzo la gente volvía las espaldas cuando alguien tenóa que usarlo, pero a medida que pasaba el tiempo una mirada perdida en la distancia proveiá al menos una apariencia de privacidad. Ese fue sólo el primer paso en la continua degradación de sus vidas.

 

Cuando los carros de carga estuvieron llenos con el nómero designado de personas, la puerta fue cerrada de un golpe y trabada con una barra de hierro desde afuera. Esto definió al resto del día para los cautivos.

 

"El golpe de la puerta cerr�ndose y el sonido metúlico de la barra al caer en su lugar fue el sonido más terrible. Todos gritamos", recordaráa Hank v�vidamente.

 

Su espantoso día habiácomenzado con los gritos y el fuerte golpe en la puerta antes del amanecer. Ahora habiá terminado así; a pesar de que la luz del día aún se filtraba a través de la ventana peque�a, rallada, que era su Única conexión con el mundo exterior.

 

Eran prisioneros. La afrenta y la injusticia de todo esto afectaron a Hank. Lo pusieron furioso. Más tarde, cuando alguien le pedía que identificara el momento en que se hizo consciente de su odio por los soviéticos, escogeriá ese preciso momento.

 

Por tres días el tren de Hank se quedaráa en la estación esperando que se alcanzara su cuota de prisioneros. Por tres días no recibieron ni comida ni agua. Escuchaban a otra gente llegar y vieron a algunos de ellos a través de la pequeiáventana; escucharon otras puertas de vagones cerr�ndose. De vez en cuando otro vag�n se a�adía al tren y una sacudida los sacaba de su aturdimiento.

 

En una ocasión una voz de mujer llamó desde afuera y una mujer joven en el vag�n se puso de pie y pasó a su recién nacido a través de la ventana de barrotes[10]. El bebé era tan pequeño como para pasar a través del espacio entre dos barras de hierro. Hank entrevi� a una mujer corriendo a través del campo con el bebé en sus brazos. Entonces alguien lo apartú y le cubri� los ojos. Escuch� gritos, luego un disparo. Pronto el bebé fue pasado nuevamente a través de las barras a su madre. Hank no recuerda el tiempo que sobrevivi�. Su hermana, entonces de cinco años de edad, sería una de los niños más pequeños en su grupo que dejaráa viva la Rusia Soviética. Y ella estaba lejos de ser la niña más joven en ese tren.

 

Finalmente el tren comenzó a andar. �Hacia dónde? Nadie les dijo. �Por cu�nto tiempo? Nadie sab�a, y los guardias no respondían ninguna pregunta. Sentados o de pie, aún estaban atontados por el cambio repentino en sus vidas. La negación no era posible, aunque algunos habrán intentado consolarse pensando que esto sería un mal sue�o del cual pronto se despertarían. El balanceo del vag�n en movimiento, el golpe r�tmico de las ruedas, los sonidos y olores de sus ocupantes, la imposibilidad de estirar los miembros entumecidos sin amontonarse con el vecino, forzaban la realidad de su situación en su consciencia a cada paso. ¿Qué? les pasar�a? Cruzaban muy pocas palabras entre ellos.

 

Su nuevo entorno aterroriz� a Hank. Se sinti� perdido. Extra�aba a su padre. iádónde habráa ido? Pensar en �l llenaba a Hank de aprensión y miedo.

 

Pronto también llegó la muerte. Se desliz� con los gemidos de los enfermos y se quedó con ellos a través de su lucha final por respirar. Cubriendo los ojos de Hank con sus manos o sus abrigos, su madre o abuela trataban de protegerlo lo más posible de la muerte y los moribundos y de ver a los soldados sacando los cuerpos. Pero no podían cerrar sus o�dos a los sollozos, el llanto y las oraciones de la familia de los fallecidos. Hank pronto tuvo consciencia de que la muerte sería su compa�iá constante. Esto sólo profundiz� su preocupación por su padre. Su hermana permaneci� silenciosa y continuó escondiendo su rostro en el abrigo de su madre o su abuela. Su madre trató de mantener la compostura, pero las lágrimas en sus ojos mostraban su tristeza, una tristeza que Hank no podía evitar pero notaba. Dando palabras a su desesperación, muchos dijeron: "Esto es el fin. No tenemos salida". La abuela de Hank estaba aparte. Ella era la excepción. Era su roca. "Recemos para pasar por esto", decía.

 

Primero se comieron lo que habían tra�do, hasta detenerse en Kiey, tras cuatro días de viaje y a unas 250 millas al este, donde les dieron comida: una sopa liviana que contenía unas pocas hojas de col, una pieza de patata aquí y allá, y un poquito de cebada. También les dieron una pequeiá pieza de pan grueso y pesado. El tren se habiádetenido en la vía. Cuando las puertas se abrieron vieron las cúpulas de una iglesia ortodoxa. Muchos empezaron a llorar, otros rezaron. Algunos comenzaron a cantar un salmo y pronto todos se unieron.

 

Desde entonces, cada mañana y cada noche se detenóa el tren, las puertas eran destrabadas, se porcionaba la sopa aguada con un pequeño pan y agua, y los guardias sacaban los cuerpos de los que habían muerto desde la Última parada. El hambre y la muerte eran constantes, pero peor todavía era la incertidumbre y la preocupación por el futuro.

 

Con frío, hambre y casi asfixiados por el olor de los cuerpos sin lavar, transcurri� día tras día, monótonamente, a través de las tierras llanas de Rusia oriental. En una ocasión alguien dijo: "Hemos cruzado el Volga". Más tarde vieron montañas. Aún después el tren pasó a través de una interminable extensión de bosques. Pocos prestaron atención, adormecidos a su entorno, insensibles al tiempo. Gracias al espíritu de resistencia de su abuela y su propio sentido creciente de resistencia, de aventura incluso, en la profundidad de su alma Hank estaba convencido de que Dios cuidaráa de él y que algún día podráa salir de Rusia. A medida que la convicción se profundizaba, el miedo lo abandonaba. "No hay nada más que temer. Ya se han llevado todo. No hay nada que puedan hacerme", se decía a s� mismo.

 

�Habían viajado dos semanas? �O tres? �Era el fin de febrero o ya uno de los primeros días de marzo? Habían perdido toda traza de tiempo. Un día, el tren se detuvo y no comenzó otra vez: habían llegado al final de la vía. Profunda nieve cubriátodavía el suelo. Era Siberia�.

 

Hasta aquí llega la reproducción del relato del traslado. Pero �qué encontraban entonces, una vez en el lugar de destino?

 

Al llegar, los deportados eran alojados en campos especiales. El NKVD decidía las condiciones de vida, los deberes y limitaciones de los colonos y los castigos por las "ofensas". Como norma general, en cada asentamiento vivían entre 100 y 500 familias. Según  las regulaciones, cada familia tenóa el derecho a un cuarto separado o lugar en una barraca de unos minósculos 3 m2 de espacio por persona. Sin embargo, en realidad ni siquiera les concedían eso, y no se obedecía ninguna regla de humanidad hacia las víctimas.

 

El NKVD, como es l�gico, conociá bien las verdaderas condiciones de vida de la gente. En junio de 1940 el Comité del Krasnoyarski Kray (Siberia) dio esta información: "Hasta ahora no existen condiciones normales de vida para los deportados. Las familias alojadas en barracas comunales están muy hacinadas, pobremente suministradas con comida (incluso lo que respecta a las necesidades básicas) y el cuidado mídico para ellos es escaso, lo que conduce a enfermedades epidémicas"[11].

 

Beria también informí a Stalin que "en todos los posioleks de Altay Kray las barracas no están preparadas para el invierno: hay carencia de estufas y ventanas sin vidrios"[12]. Según un oficial del NKVD de la República Autónoma Komi, en todos los campos los centros médicos no tenían medicinas de ningún tipo. Reportes similares fueron enviados de otras regiones.

 

En tales condiciones, surgieron todo tipo de enfermedades end�micas diferentes mientras que el escorbuto y la ceguera nocturna eran comunes debido a la falta de vitaminas. Una causa más de padecimiento era que en las barracas se hacía muy difícil mantener condiciones de higiene mínimas porque por años todo tipo de insectos se habían multiplicado allá, otro de los problemas graves de los que las autoridades se desentendían.

 

Según la legislación soviética todos los niños debían ir al colegio, pero como queda claro en una carta escrita en julio de 1940, por V. Potemkin, el Comisario de Educación a A. Y. Vyshinsky, vicepresidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, de 510 niños deportados en la región Chelyabinsk sólo 256 (casi la mitad) estaban en el colegio porque no existúa lugar para el resto. En la región Gorky era peor porque ni uno de los 827 niños estaba en el colegio debido a falta de acomodación apropiada. Y esto es grave, considerando que las condiciones que se buscaban eran bajósimas.

 

En los casos en que habiáespacio, los niños eran forzados a asistir a clases o recibían castigos que incluían el encierro y negación de comida. Los niños que no iban a estudiar por falta de cupo tenían que trabajar como los adultos, y si eran muy pequeños, recibían una ración mínima que les mantenía al borde de la inanición.

 

Aunque los informes oficiales admitúan escaseces y carencias en diferentes niveles, todavía estaban a mucha distancia de la realidad. Las verdaderas condiciones de los deportados eran considerablemente más graves y las empeoraban los malos tratos que los agentes daban a sus víctimas. Todo esto ha sido testificado en numerosas memorias publicadas por aquellos que sufrieron esas experiencias. Las condiciones inhumanas, de congelación severa, hambre y trabajo excesivo causaban altas tasas de muerte a pesar de que la gente intentaba ayudarse entre s� tanto como podía.

 

Las posesiones que habían tra�do con ellos de su hogar con frecuencia eran cambiadas por comida y, durante el verano, suplementaban sus escasas provisiones é siempre que les era posible é con bayas y setas reunidas en los bosques.

 

En los archivos de la Institución Hoover sobre Guerra, Revolución y Paz en la Universidad de Stanford se encuentran innumerables documentos testimoniales sobre la vida antes, durante y después de la deportación. Aquí reproducimos sólo dos, descritos por niños que vivieron esta desgracia, para completar en la mente del lector una imagen más clara de lo que signific� todo esto en las vidas de los millones de personas que lo padecieron. En este caso el ni�o se llamaba Tadeusz S. y tenóa trece años cuando le toc� vivir esto:

 

�Cuando los soviéticos nos invadieron mi mamí se asustú mucho y pap� fue llevado a cautividad. Tras una enfermedad que dur� un mes mamí murió. Cuando se hicieron su casa en Polonia comenzaron a destruir estatuas, cruces y ordenaron a la gente rezar al rifle porque es también una herramienta de muerte. El 10 de febrero de 1940 a las 2 de la mañana vinieron a nuestro apartamento y a punta de fusil, sin ninguna razón, nos llevaron a Rusia en el tren que estaba lleno de gente que estaba muriendo de hambre y frío.

 

En el asentamiento trabajamos en las minas 12 horas al día. En las minas habiáagua y las ropas estaban podridas en una semana tras 12 horas de trabajo diario. Teníamos que hacer cola con los pies descalzos en el frío. En las barracas habiáchinches, cucarachas y bichos de todos tipos. Las estufas estaban desbaratadas.

 

Tras tanto trabajo la gente se convertúa en esqueletos y cuando tuvimos la amnistía la gente se dispers� a varios lugares y yo con mi familia nos fuimos al kolj�s y allá trabajamos día y noche porque hacía mucho calor y no nos daban prácticamente comida, sólo lo que podíamos reunir en los campos. Con esa dieta mi hermano murió sin nadie que lo enterrara así que yo lo enterr� sin ata�d e incluso sin traje porque sólo tenóamos uno para los dos.

 

Despu�s de ese sufrimiento escapamos con mi hermana porque pap� se fue al Ejército Polaco que estaban formando y caminamos 200 kilómetros a pie descalzo a través de montañas sobre piedras afiladas, con 40� C de calor y sin agua. En la estación en que esper�bamos un tren fuimos robados y todo lo que nos quedó fue una lata que habiátenido leche que encontramos en la basura y que usóbamos como taza para tomará[13].

 

Y otro testimonio infantil que nos ayudará a ver aún otros aspectos del mismo sufrimiento extremo:

 

�En el koljoz a donde nos llevaron y a otras tres familias trabajóbamos en la plantación de algod�n. Tenías que trabajar doce horas al día y produciendo la norma asignada tenóamos 200 gramos de harina de arroz. Además de eso no conseguíamos nada más, como comida, lo mismo para ropas y dinero.

 

La actitud del pueblo local (Uzbekos) era muy hostil. No hacían diferencia entre nosotros y los rusos y se desquitaron con nosotros porque los Bolcheviques les habían quitado su grano y ganado y por deportar a sus hijos para trabajar. Por todo esto las condiciones de vida eran muy duras.

 

Un kilo de harina de trigo costaba 156 rublos, un kilo de sal 35 rublos, un precio privativo, porque con los precios del gobierno sólo los trabajadores fabriles podían comprar 600 gramos de pan de centeno (85 kopecks por kilo) por día. Además vivíamos en chozas bajas de barro y paja, sin ventanas. La Única luz que entraba era a través de la puerta, y en lugar de una estufa habiáun hogar que dejaba salir el humo a través de un agujero en el techo. En estas circunstancias las condiciones de salud eran muy desagradables.

 

Debido a la falta de comida aparecieron varias enfermedades, como fiebre entúrica, disenteriáy sobre todo malaria. Durante mi estadía en el koljoz nunca vi a un doctor. Y en los hospitales del gobierno, la gente moría principalmente de hambre y no de enfermedades. De las familias que estaban con nosotros en el mismo koljoz los siguientes murieron: toda la familia Woloszyn, padre, madre y dos hijos grandes. En la familia Worotylek (ucranianos) murieron seis personas. La suerte salv� a una niña de 8 años, Hela, de quien se hizo cargo después la agencia del gobierno polaco. En la familia Misiewivz murieron el padre y Franek, de diecisiete años.

 

Mi padre salió a buscar hongos y lo mataron sólo porque tenóa puestas botas nuevas. Mamí murió dejóndome a mí y cuatro hermanas en el koljoz. Todos estos recuerdos desagradables y dolorosos me atan al "paraíso soviético"[14].

 

Cuando algunas categorías de deportados fueron al fin readmitidas en su tierra natal y se les entregaron permisos de retorno, años más tarde, los sobrevivientes seguiráan encontrando nuevas dificultades. La lituana Jane Meskauskaite cuenta que la vida no era fácil para quienes sobrevivieron y regresaron a su tierra. Ella pudo retornar en 1958. "Nos ponóan en una situación imposible. El gobierno requería que nos registr�ramos con la municipalidad local o afrontúramos una deportación renovada. Para registrarnos necesitúbamos un empleador, pero nadie tendráa la valentía de dar trabajo a antiguos deportados. Yo viv� y trabajó ilegalmente por muchos años con la ayuda de parientes", contú.

 

En su propia patria - quienes tuvieron la fortuna de regresar - eran tratados como ciudadanos de segunda categoría, se desconfiaba de ellos porque el régimen incentivaba la creencia de que habían merecido su anterior expulsión, y no les quedaba nada de lo que poseían antes de la misma. Así, para muchos conseguir trabajo era muy difícil y las condiciones de alojamiento y adquisición de alimentos se convertirían en una lucha diaria por la supervivencia.
 

Notas:

[1] "Exiliado a Siberia". Klaus Hergt. Crescent Lake Publishing. 2000. págs. 84-93.

[2] Los diálogos y las escenas no son ficticios, sino que el autor simplemente relata cuidadosamente los recuerdos exactos del protagonista.

[3] Casa de campo, destinada en general para uso vacacional (n. de t.).

[4] De hecho, muchas personas que huyeron de los ocupantes nazis y fueron a buscar refugio a la zona de ocupación soviética se encontraron con que eran mal recibidos, como posibles �espías� o colaboradores del enemigo, y deportados por tanto a Siberia, aunque fuesen absolutamente inocentes.

[5] El NKVD poseiáinformación detallada de cada miembro de la familia a deportar. Hubo casos en que los hijos mayores estaban en el colegio y eran llevados al punto de transporte donde habían reunido a la familia. Aunque hubo también casos en que los niños que estaban ausentes de su hogar en el momento de la deportación fueron retenidos algunos días o incluso semanas y luego deportados a lugares diferentes a los de su familia.

[6] Los deportados eran transportados a los puntos de recolección en las estaciones, a veces a una docena de kilómetros de distancia, y luego eran ubicados en trenes especialmente tra�dos para estos efectos, hasta completar la cuota requerida desde Moscú. Cuando esa cifra no era alcanzada porque mucha gente habiáhuido ante el rumor de la inminencia de una posible deportación, por ejemplo, era frecuente que los agentes la completasen con gente que simplemente tenóa la desgracia de pasar justo en ese momento por allá.

[7] También se usaban trenes de carga de mercader�a. Según Valentina Sturza, quien fuera una de las víctimas entonces y en la actualidad es cabeza de la Asociación de antiguos deportados y prisioneros políticos de Moldavia: "Cargados en vagones de ganado, en condiciones inhumanas, la mayoría de los deportados fueron enviados a las frías tierras de Siberia y nunca regresaron a casa" ("Moldavia recuerda deportaciones de la era soviética". Corneliu Rusnac. Associated Press WriterTue. 13 de junio de 2006).

[8] Este �menó� podía tener algunas ligeras variantes, pero siempre era insuficiente y poco nutritivo. Además, es frecuente encontrar relatos que testimonian que en muchas ocasiones las autoridades decidían darles alimentos en mal estado.

[9] Ha habido muchas separaciones familiares forzadas durante la preparación de la deportación. Una de las más habituales era la decisión de separar a la cabeza de familia, envióndola a otro territorio. Por ejemplo, era frecuente que el padre fuese a Siberia, mientras que su mujer e hijos eran enviados a Kazajstán. Los próximos deportados iban a la estación de trenes desconociendo este nuevo horror que les esperaba, y las escenas en la vía del tren eran desgarradoras, según el relato de los testigos o las mismas víctimas que sobrevivieron y luego han podido contar su experiencia. En los Países Bálticos, por ejemplo, la orden Nro. 001223 (respecto al procedimiento de deportación de elementos antisoviéticos de Lituania, Letonia y Estonia. (Estrictamente secreto). Comisario del Pueblo Adjunto de Seguridad Pública de la URSS. Comisario de Seguridad Pública de la tercera Fila (firmado): Serov) decía así: "en vista del hecho de que gran nómero de deportados deben ser arrestados y distribuidos en campos especiales y que sus familias deben proceder a asentamientos especiales en regiones distantes, es esencial que la operación de remoción tanto de la familia de los deportados como su cabeza se realice simultáneamente, sin notificarles de la separación confrontúndolos... La escolta de toda la familia a la estación debe efectuarse en un veh�culo y sólo en la estación de partida debe colocarse a la cabeza de la familia separadamente de su familia en un carro especialmente destinado para cabezas de familia�.

[10] Las instrucciones de deportación no respetaban ningún estado de los que figuraban en las listas. Así, no importaba que fuesen personas enfermas, o mujeres embarazadas a punto de dar a luz. Eso Último provoc� que muchas veces los niños nacieran en los vagones, y su posibilidad de supervivencia era prácticamente nula.

[11] "Limpieza Étnica de Stalin en Polonia Oriental: Deportaciones a la Unión Soviética. Historias de los deportados. 1940-1946". Londres : Association of the Families of the Borderland Settlers. 2000.

[12] Ibíd.

[13] Documento Nro. 87. PGC/Box 119. TADEUSZ S. Born 1927. Condado Wilejka. Wilno voivodeship. "La guerra a través de los ojos de los niños". Volumen de ensayos de niños polacos deportados a la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Hoover Archival Documentaries. Editado y compilado por Irena Grudzinska-Gross y Jan Tomasz Gross.

[14] Documento Nro. 14. PGC/BOX 118. Adam R. Nacido en 1927. Condado Lesko. Lw�w voivodeship. "La guerra a través de los ojos de los niños". Volumen de ensayos de niños polacos deportados a la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Hoover Archival Documentaries. Editado y compilado por Irena Grudzinska-Gross y Jan Tomasz Gross.  
 

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